Mientras preparaba el examen de psicobiología me detuve en un dato que no esperaba: desde hace unos nueve mil años el volumen del cerebro humano está disminuyendo. La reducción comienza con el Neolítico, es decir, en el momento en que la agricultura y la ganadería hicieron que la supervivencia dependiera menos de las capacidades del individuo aislado: cuando existen el campo cultivado, el granero y la aldea que coopera, llegar a la noche ya no exige todo el ingenio que necesitaba un cazador-recolector. Y un cerebro grande, como veremos, es un lujo metabólico: cuando el entorno deja de exigirlo, a lo largo de las generaciones la selección natural tiende a favorecer las versiones más baratas.
Si una reducción así se produjo cuando delegamos la supervivencia en el arado y el granero, ¿qué deberíamos esperar de una tecnología que se ofrece a razonar por nosotros?
Dos millones de años cuesta arriba, nueve mil cuesta abajo
La trayectoria anterior había sido inequívoca. El Australopithecus afarensis, la especie más antigua de la que poseemos restos abundantes, tenía un cerebro de 462 gramos, apenas mayor que el de un chimpancé. El Homo sapiens tiene unos 1.350. Y no creció solo la masa: lo que se expandió de forma selectiva fue la corteza de asociación, la parte que integra la información procedente de las distintas regiones sensoriales y gobierna los comportamientos elaborados. En nuestra especie las áreas de asociación son tres o cuatro veces más extensas que en los demás grandes simios y constituyen el 84% de la neocorteza. A igualdad de tamaño corporal con un insectívoro, la corteza de un lémur es quince veces mayor, la de un mono cuarenta y cinco veces, la nuestra ciento cincuenta y seis.
Un órgano así tiene un precio. El cerebro adulto absorbe alrededor de una quinta parte del metabolismo basal, y en el recién nacido la proporción es mucho mayor: es el tejido más caro que llevamos encima. La selección natural no mantiene gratis una estructura semejante. La conserva mientras rinde, y deja de pagarla cuando el entorno cambia los términos del contrato.
Es exactamente la explicación que la literatura propone para la inversión neolítica. La sociedad agrícola plantea problemas nuevos, pero en el mismo movimiento aporta soluciones: la tecnología, la organización del trabajo, instituciones que asumen lo que antes recaía sobre el individuo. En ese contexto, un cerebro del volumen que nuestra especie había desarrollado enfrentándose al entorno con las manos desnudas se vuelve en parte innecesario. La consecuencia es lo que leemos en los cráneos: nueve mil años de lenta contracción.
Aquí conviene una cautela, porque en este terreno la ciencia es menos unánime de lo que dejan entender los manuales. Los cerebros no fosilizan: lo que medimos en los restos es la capacidad craneal, el volumen interno del cráneo, que es la mejor aproximación disponible al cerebro que contenía. Sobre esas medidas, la lectura mayoritaria, respaldada por casi noventa años de estudios (DeSilva et al., 2021, 2023), aprecia una reducción en los últimos milenios; un reanálisis de los mismos datos concluye en cambio que la capacidad craneal se ha mantenido estable durante los últimos trescientos mil años (Villmoare y Grabowski, 2022). E incluso entre quienes dan la reducción por establecida, el peso de las causas sigue abierto: presiones selectivas relajadas por la vida en sociedades complejas, pero también cuerpos que se hicieron más pequeños y dietas que empeoraron con la agricultura, factores que actúan sobre el desarrollo individual más que sobre los genes. El precedente, por tanto, hay que manejarlo por lo que es: un indicio robusto de que cuando el entorno deja de exigir una función, esa función tiende a reducirse.
La inversión de signo
Durante dos millones de años la herramienta exigió cerebro, aunque no ella sola. La producción de útiles de piedra implica secuencias motoras largas y organizadas jerárquicamente, y transmitirlas requiere aprendizaje social; la vida en grupo, por su parte, exige el reconocimiento de los congéneres y una memoria de las relaciones, hasta el punto de que en el análisis clásico de Robin Dunbar (1992) el tamaño del grupo explica el 46% de la variación de la neocorteza en los primates (una primacía discutida: estudios más recientes atribuyen a la dieta un peso al menos igual; DeCasien et al., 2017; Grabowski et al., 2023). Sobre esta red de presiones se injertó el circuito de retroalimentación que los manuales llaman coevolución genes-cultura: más cerebro produce técnicas y herramientas mejores, que abren nuevas posibilidades y a su vez seleccionan más cerebro. Con una matización que impone el registro fósil: la relación nunca fue mecánica, porque durante cientos de miles de años los cerebros crecieron mientras la tecnología lítica permanecía casi inalterada. Pero la dirección de la relación es clara: la herramienta, en esa fase, exigía capacidades en lugar de sustituirlas.
Con el Neolítico la relación se invierte. Cuando las herramientas y las instituciones se vuelven lo bastante eficaces como para resolver el problema en lugar del individuo, la presión que mantenía el órgano costoso se afloja; si la reducción holocénica del cerebro es real, como indica la lectura mayoritaria, es la huella de esa inversión.
¿A cuál de las dos fases pertenece la inteligencia artificial?
La IA parece presentarse como la tecnología de la sustitución en su forma más completa, y actúa más en profundidad que cualquier herramienta anterior, porque no nos libera de una habilidad circunscrita como el cálculo o la orientación: se ofrece a liberarnos de la operación de razonar sobre un problema.
Mi primera conclusión, ante estos datos, fue que la historia se repetiría: que la inteligencia artificial relajaría las presiones selectivas sobre nuestras capacidades cognitivas como en su día las relajó la agricultura, y que nuestros descendientes nacerían con cerebros más pequeños. No se sostiene, y entender exactamente dónde se rompe es lo que me llevó al verdadero motivo de preocupación.
En el Neolítico la reducción no ocurrió porque los individuos usaran menos el cerebro y transmitieran ese desuso a sus hijos. Esa es la posición de Lamarck, y la genética la ha refutado: lo que hacemos o dejamos de hacer con nuestro sistema nervioso a lo largo de una vida no entra en la línea germinal. La reducción ocurrió por selección diferencial, es decir, porque a lo largo de cientos de generaciones una configuración dejó más descendientes que otra. Es un proceso lentísimo, y exige que la presión permanezca estable durante milenios.
La inteligencia artificial está ampliamente disponible desde hace menos de dos generaciones, y cambia de forma a la velocidad de la luz. No logrará escribir nada medible en el genoma durante siglos, y en ningún caso por desuso. Pero actúa por un canal incomparablemente más rápido, el de la plasticidad: la fuerza de los contactos sinápticos cambia con el uso, y los circuitos se reorganizan según lo que hacemos realmente. El principio es el mismo que en el Neolítico, una función delegada se reduce, pero el tiempo de ejecución no es el de los milenios. Es el de una biografía.
Lo cual vuelve la pregunta más urgente, no menos. El agricultor neolítico tenía toda la duración del proceso para adaptarse. Nosotros no.
Fragilidad, no estupidez
Bien formulado, el riesgo no atañe a la inteligencia sino a la resiliencia, y tiene su propia literatura. La ergonomía lo llama ironía de la automatización, por el ensayo en el que Lisanne Bainbridge (1983) lo describió: cuanto más fiable es un sistema automático, menos ejercita sus propias competencias quien lo maneja, y más expuesto está justo en el raro momento en que el sistema se desconecta y la decisión vuelve a sus manos. La aviación conoce los casos de estudio, y cualquiera que haya perdido el sentido de la orientación tras unos años de navegador por satélite conoce la versión doméstica.
La resiliencia consiste, por definición, en la capacidad de operar en ausencia de las propias herramientas, y se consume en la medida en que delegamos. Con la IA lo que está en juego sube, porque lo que se delega no es una habilidad circunscrita sino el juicio.
Hay que decir, sin embargo, que el argumento tiene dos contrapesos serios, e ignorarlos haría este artículo menos honesto. El primero es que volumen cerebral y adaptabilidad no coinciden en absoluto: la contracción neolítica coincide con la fase más fértil de nuestra historia, la que produce las ciudades, la escritura y finalmente la ciencia. Nuestra capacidad de adaptación nunca dependió de los centímetros cúbicos, sino del mecanismo acumulativo que nos permite no empezar de cero en cada generación. El segundo contrapeso es que esta inquietud tiene veinticuatro siglos. En el Fedro (274c-275b) Platón cuenta que Theuth presenta al rey Thamus la invención de la escritura, y la respuesta del rey: producirá no memoria sino olvido, porque los hombres se fiarán de signos externos en lugar de ejercitar la facultad desde dentro. Thamus no se equivocaba en el fondo, la memoria prodigiosa de los bardos se perdió de verdad. Se equivocaba en el balance, porque a cambio obtuvimos un saber que se acumula. La escritura desplazó el blanco de la inteligencia; no la apagó.
Amplificador, no sustituto
Las dos posiciones al uso, la que dice que la IA nos elevará y la que dice que nos degradará, son falsas por la misma razón. La inteligencia artificial no nos hace ni más tontos ni más inteligentes: amplifica lo que le llevamos. Es una muleta para quien llega sin competencia y una palanca para quien llega con la suya, y es exactamente el mismo instrumento.
Aquí la biología ofrece un margen de maniobra real. La plasticidad no es una prerrogativa de la infancia: la reorganización sináptica continúa en el adulto, la sinaptogénesis persiste a niveles reducidos, y en las zonas germinales que siguen activas en el cerebro maduro nacen neuronas nuevas durante toda la vida. No hace falta esperar a la evolución para cambiar las propias competencias: el canal plástico responde en la escala de los años. La asimetría de velocidad que nos asustaba, la cultura corriendo más que los genes, es también la única razón por la que la cuestión sigue en nuestras manos.
Queda decidir dónde invertir. La fórmula corriente, aprender lo que la IA no sabe hacer, es débil porque el perímetro se desplaza cada pocos meses. Prefiero otro criterio: las competencias que pierden valor al delegarse, porque el valor está en el ejercicio. El juicio, es decir, la capacidad de establecer qué problema merece atención y qué respuesta es defendible, mientras el sistema produce alternativas en cantidad ilimitada. La síntesis entre dominios lejanos, que es al fin y al cabo la operación de la que nació este artículo. La capacidad de aprender competencias nuevas deprisa, que es el único seguro real contra la fragilidad descrita más arriba. Y el dominio profundo de un campo, porque solo se puede corregir un sistema en aquello en lo que se es competente: profundizar no es una forma de eludir la máquina, es adquirir el derecho a usarla como palanca.
Quienes no están en condiciones de elegir
Todo lo anterior presupone un sujeto adulto, capaz de decidir qué delegar. Para niños y adolescentes el marco no se sostiene, y conviene decirlo con claridad.
El desarrollo del sistema nervioso avanza por períodos críticos, ventanas de máxima vulnerabilidad a la influencia externa, durante las cuales los circuitos se construyen y se seleccionan según la actividad efectiva. En la corteza humana se elimina alrededor del 50% de los contactos sinápticos producidos, y los que se conservan son aquellos que la actividad neural ha demostrado eficientes. El entorno deja marcas medibles: en niños criados en condiciones de privación el cuerpo calloso resulta hasta un 17% más pequeño. Hay además una restricción temporal que vuelve definitivo el cuadro: la mielina, que acelera la conducción, contiene una proteína que impide que los axones sigan ramificándose. Por eso ciertas competencias, el lenguaje la primera, solo se adquieren plenamente si se aprenden antes de que los circuitos implicados hayan completado la mielinización. Después, la ventana no vuelve a abrirse en los mismos términos.
De ahí la asimetría decisiva. El adulto que delega demasiado pierde eficiencia en una competencia que posee, y puede recuperarla. El menor que no ejercita una función en la ventana en la que esa función se está estructurando no pierde una competencia: no llega a construirla. El coste no es del mismo orden.
Y no es una decisión suya. La herramienta se la entregan la escuela, la familia, plataformas diseñadas para maximizar el tiempo de uso. El razonamiento que he desarrollado hasta aquí, delegar para pensar más a lo grande, es la elección de quien ya posee las facultades necesarias para tomarla. El menor sufre la sustitución antes de haber desarrollado las facultades que le permitirían evaluarla. Es una sustitución que precede a la posibilidad misma del consentimiento.
En este punto no pienso ser cauto: estamos administrando una herramienta sustitutiva a sistemas nerviosos en construcción, que no están en condiciones de objetar, y lo hacemos sin estudios longitudinales, porque la tecnología es demasiado reciente para que existan. El principio neurobiológico está establecido desde hace décadas; las pruebas específicas llegarán dentro de diez o quince años. Mientras tanto, la cohorte expuesta es la que hoy tiene ocho años. La incertidumbre, en un caso así, no es un argumento para tranquilizarse.
En el plano práctico no tengo conclusiones que ofrecer, y desconfío de las respuestas que llegan demasiado fácilmente a una pregunta tan nueva. ¿A qué edad, y para qué tareas, la asistencia de un sistema artificial es una ayuda y no una sustracción de desarrollo? ¿Dónde pasa la línea entre proporcionar una herramienta potente y quitar la dificultad que estructura? Y me pregunto si la variable decisiva es realmente la cantidad de exposición, o más bien el orden: ¿qué cambia, para un cerebro en construcción, entre recibir la respuesta antes de haberlo intentado y recibirla después? ¿Entre una herramienta que te devuelve el intento y otra que se te adelanta? La pregunta me parece clara; la solución mucho menos, y prefiero buscarla contigo.
Seguir siendo alguien que merezca la pena amplificar
Una diferencia respecto a Thamus sí existe, y no es pequeña. El alfabeto era una técnica: una vez aprendido, pertenecía a quien lo usaba, y funcionaba igual para todos. Los sistemas que hoy se ofrecen a razonar en nuestro lugar son productos: cómo responden, qué optimizan, qué vuelven fácil o costoso se decide en la fase de diseño, y el diseño sigue los incentivos ordinarios de quien los construye, comodidad, enganche, tiempo de uso. No hay nada siniestro en ello; así funcionan los productos. Pero significa que la forma de la herramienta no es neutra, y que no la elegimos nosotros. Lo que sí podemos elegir todavía, a escala de una sola biografía, es el modo en que nos presentamos ante la herramienta: como artífices o como dependientes. Hacia quienes aún no están en condiciones de elegir, esa misma decisión deja de ser un asunto privado.
La IA no nos hará evolucionar ni retroceder: amplificará lo que somos. La tarea, entonces, no es resistirse a la máquina, sino hacer crecer aquello que amplificará: el juicio, la profundidad, la curiosidad que le llevamos. Si la amplificación es inevitable, que nos encuentre más grandes.
Aquí entra Mindzania. Esta newsletter existe para liberar tu potencial, y nunca he creído que el potencial crezca en soledad: crece en el intercambio, en el roce entre miradas que no coinciden del todo. Así que estas preguntas no son una manera retórica de cerrar; son el material de trabajo del próximo artículo o episodio del podcast, donde me gustaría que lo pensáramos juntos y saliéramos con más potencial, no con menos.
¿Cuál es la primera competencia que has dejado de ejercitar desde que usas estas herramientas, y que querrías recuperar?
Si enseñas o tienes hijos en edad escolar: ¿dónde trazas la línea, y con qué criterio?
¿Estoy repitiendo el argumento de Thamus, o esta vez la diferencia es de fondo?
Y sobre todo: ¿cómo usamos la IA para aumentar nuestro potencial en lugar de salir empobrecidos, en el trabajo, en los estudios, en lo que creamos?
Escríbeme en los comentarios: el razonamiento más interesante abrirá el próximo episodio, y desde ahí construiremos, y creceremos, juntos.
Referencias
Bainbridge, L. (1983). Ironies of automation. Automatica, 19(6), 775-779.
DeCasien, A. R., Williams, S. A., Higham, J. P. (2017). Primate brain size is predicted by diet but not sociality. Nature Ecology & Evolution, 1, 0112.
Del Abril Alonso, Á., Ambrosio Flores, E., De Blas Calleja, M. R., Caminero Gómez, A. B., García Lecumberri, C., De Pablo González, J. M. Fundamentos de Psicobiología. Sanz y Torres, Madrid.
DeSilva, J. M., Traniello, J. F. A., Claxton, A. G., Fannin, L. D. (2021). When and why did human brains decrease in size? A new change-point analysis and insights from brain evolution in ants. Frontiers in Ecology and Evolution, 9, 742639.
DeSilva, J. M., Traniello, J. F. A., Fannin, L. D. (2023). Human brains have shrunk: the questions are when and why. Frontiers in Ecology and Evolution, 11, 1191274.
Dunbar, R. I. M. (1992). Neocortex size as a constraint on group size in primates. Journal of Human Evolution, 22(6), 469-493.
Grabowski, M., Kopperud, B. T., Tsuboi, M., Hansen, T. F. (2023). Both diet and sociality affect primate brain-size evolution. Systematic Biology, 72(2), 404-418.
Platón. Fedro, 274c-275b.
Villmoare, B., Grabowski, M. (2022). Did the transition to complex societies in the Holocene drive a reduction in brain size? A reassessment of the DeSilva et al. (2021) hypothesis. Frontiers in Ecology and Evolution, 10, 963568.